Por qué repetimos ciertos patrones relacionales conflictivos y cómo salir de ellos

En la clínica observo constantemente cómo las personas repiten patrones relacionales que no consiguen modificar y les producen mucho sufrimiento. Parejas que se experimentan en roles de superioridad e inferioridad, de co-dependencia, de desvalorización e invalidación, de control y coerción, de retirada emocional punitiva, celos, vigilancia o negligencia afectiva. 

¿Por qué repetimos una y otra vez los mismos conflictos? ¿Cómo podemos salir de ellos? 

Stephen Karpman, en 1968 describió el Triángulo dramático dentro del marco del Análisis Transaccional de Eric Berne. Su gran aportación consiste en mostrar que, detrás de muchas discusiones, dependencias o relaciones que ahora llamaríamos tóxicas, no existen "malas personas", sino papeles psicológicos que aprendimos para sobrevivir emocionalmente. Karpman observó que, en las relaciones conflictivas, las personas suelen adoptar tres roles: Víctima, Salvador y Perseguidor. En ninguno de estos tres roles existe la posibilidad de sentirse bien con uno/a mismo/ y considerar como a iguales a los demás; más bien al contrario. En cualquiera de los tres roles hay siempre una parte que se considera que no está bien: en la Víctima es ella misma la que no se siente comprendida o capaz; en el Perseguidor, son los demás los que no están a la altura; y en el Salvador, también es el otro el que no está bien y por eso es necesaria la intervención del salvador/a. Lo más importante es que nadie permanece siempre en el mismo papel. A lo largo del conflicto, todos terminan cambiando de posición y perpetuando el juego psicológico en el que están metidos. 

Veámoslo detenidamente desde una mirada relacional

Durante la infancia, todos desarrollamos una forma básica de entender quiénes somos y cómo son los demás, unas creencias profundas derivadas del estilo de relaciones que hay en nuestro entorno. De las experiencias relacionales tempranas surge una posición existencial u otra en la vida. En términos de Eric Berne, hay cuatro posiciones existenciales posibles: 

  • Yo estoy bien – Tú estás bien. 

  • Yo no estoy bien – Tú estás bien. 

  • Yo estoy bien – Tú no estás bien. 

  • Yo no estoy bien – Tú no estás bien. 

Yo estoy bien – Tú estás bien.  Es la posición más saludable, donde se reconoce la propia valía y la de los demás independientemente de la conducta. Donde la persona puede tener conductas erróneas sin dejar de sentirse valiosa, y puede reconocer los errores del otro/a sin dejar de respetarlo/a. En esta posición no hay ni Víctimas, ni Perseguidores ni Salvadores. 

Sin embargo, muchas personas crecen interiorizando otras posiciones existenciales:

Yo no estoy bien – Tú estás bien, que se vive con una sensación profunda de insuficiencia e inferioridad…"No soy suficiente”. “No puedo”. “Los demás saben más”. “Necesito que alguien me ayude." Esta posición no implica necesariamente una incapacitación real en la persona, es más una sensación construida internamente a lo largo del tiempo de no ser suficiente. Esta puede ser la posición existencial del rol de Víctima. 

Yo estoy bien – Tú no estás bien. Las personas que acaban concluyendo este tipo de creencias de aparente superioridad pueden organizar su experiencia de vida desde la desconfianza, el control y la crítica (Perseguidor), o desde la sobreimplicación y el rescate de los demás (Salvador).

Yo no estoy bien – Tú no estás bien. Las personas que acaban en esta posición, suelen experimentar desesperanza, aislamiento y dificultad para confiar. Suelen sentirse Víctimas y los demás también lo son. No hay nada que hacer. Es una posición nihilista.

La Víctima: cuando las necesidades relacionales no se satisfacen y la impotencia se convierte en identidad 

El rol de Víctima puede entenderse como una estrategia de adaptación a repetidas experiencias de impotencia ante las relaciones. El niño o niña, en su entorno familiar, descubre que pedir no funciona, que protestar produce rechazo, que expresar el enfado es peligroso, que mostrarse independiente provoca distancia, que sus cuidadores no son predecibles y que nadie parece ser capaz de ayudarle. La conclusión implícita que se construye puede ser muy parecida a la de “Yo no puedo. Tú tienes todo el poder”. Este niño o niña se enfrenta repetidamente a una realidad de permanente impotencia, y muy habilidosamente podría concluir que “la única posibilidad de obtener cuidado y atención es mostrarme incapaz”. La persona en esta posición, se experimenta como insuficiente, necesitada, dependiente, con miedo a fracasar, con miedo a decepcionar, con la necesidad imperiosa de que alguien le ayude y le saque de ahí. La persona no está manipulando para obtener atención y ayuda, sino que está buscando mantener sus vínculos, la cercanía de los demás, la protección, el contacto emocional y el permiso para tener necesidades. 

El Salvador: ayudar para sentirse necesario/a y querido 

El niño o niña que se convierte en Salvador puede haber aprendido tempranamente que “mis propias necesidades no son bien recibidas, pero si ayudo a que los demás satisfagan sus necesidades, entonces soy muy bien valorado/a”. La vivencia familiar que puede estar detrás de esta personita es que sus progenitores están muy ocupados, deprimidos o desbordados y que la única forma de ser visto/a y reconocido por los adultos es ser útil. 

Esta persona aprende a creer que volverse altamente funcional para los demás, ser especialmente sensible a las necesidades de los otros y convertirse en alguien indispensable le evitarán ser abandonado y le proveerán la sensación de pertenencia. De alguna forma esta persona acaba aprendiendo que no puede esperar que cuiden de ella, pero sí puede conseguir un lugar para sí misma si ella cuida de los demás. 

Esta es una posición “Yo estoy bien - Tú no estás bien”, pues al cuidar y rescatar a los demás, está colocándolos en un lugar de inferioridad. Sin embargo, la persona en el rol de Salvador no quiere ponerse por encima de los demás, sino que está intentando algo más básico que es que no le abandonen: “si soy indispensable, no me abandonarán”. El problema que subyace es que el cuidado que ejercen sobre los demás está reforzando la posición de inferioridad del otro y a la vez evitan percibir su propia vulnerabilidad. Estas personas suelen tener enormes dificultades para identificar sus propias necesidades, pedir ayuda, depender de los demás o simplemente recibir algo sin devolverlo inmediatamente. 

El Perseguidor: controlar para no sentirse vulnerable ni volver a estar indefenso

El niño o niña que opta por la estrategia del Perseguidor, también se defiende de una experiencia constante de impotencia. Es posible que haya vivido humillación, crítica, caos familiar, abusos de distinta índole, impredectibilidad de sus progenitores, invasión o falta de interés y negligencia. Esta personita llega a aprender que ponerse en una posición de vulnerabilidad puede atentar su integridad física y psíquica. Su conclusión puede ser “si soy el fuerte, no podrán dañarme”, o “si yo controlo, no volverá a ocurrir lo inesperado”. Por eso la persona en rol de Perseguidor suele utilizar la crítica y la intimidación como forma de control, la superioridad, la rigidez o la ira como forma de dominación. Su posición existencial es “Yo estoy bien - Tú no estás bien” y es usada como una defensa frente a una profunda experiencia de sentirse pequeño, impotente y despreciable. O en otras palabras, la superioridad aparente del Perseguidor es una defensa contra una profunda sensación de vergüenza. Muchas veces el Perseguidor fue anteriormente una Víctima que descubrió que atacar resultaba menos doloroso que sentirse indefenso. 

Veamos un ejemplo de cómo pueden jugarse todos los roles aunque uno empiece en un rol específico: 

Cuando aparece una persona en rol de Víctima suele aparecer también otra en el rol de Salvador. La persona en este rol de Salvador quiere resolver los problemas de la Víctima, pues necesita sentirse necesitada y útil. Así que da consejos, se hace cargo de todo y se ofrece a ayudar en cualquier circunstancia. Sin embargo, toda esta ayuda no hace más que reforzar la posición de inferioridad de la otra persona, y eso acaba cansando a la persona Salvadora. Con el tiempo el Salvador piensa: "Después de todo lo que estoy haciendo por ti..." Y entonces cambia de rol, convirtiéndose el Salvador en Perseguidor. Su mensaje hacia la Victima se convierte en: "el problema eres tú." y aparece la critica, el juicio, el control, la exigencia y la queja. Ahora es Perseguidor. La antigua Víctima puede sentirse atacada y responder con rabia. y empezar a ser ella la que persiga al antiguo Salvador. El antiguo Salvador se siente incomprendido y ahora es él quien ocupa el lugar de Víctima.

Los roles están cambiando constantemente en un juego psicológico sin fin.

¿Por qué resulta tan difícil salir?

Porque cada rol satisface necesidades psicológicas muy profundas: la Víctima obtiene protección y vinculación, el Salvador obtiene reconocimiento y pertenencia, el Perseguidor obtiene sensación de control y poder. Todos consiguen algo. 

Desde la perspectiva del apego, se podría decir que todos los roles buscan conseguir algún tipo de conexión pero que, como lo hacen con estrategias de supervivencia tempranas, acaban intensificando aquello que temen: la Víctima, que teme perder la conexión, se vuelve cada vez más dependiente; el Salvador, que teme no ser necesario ni reconocido, se sobreimplica; el Perseguidor, que teme ser vulnerable, destruye la seguridad relacional mediante el control. 

¿Dónde está la salida? 

El cambio comienza cuando empezamos a ser conscientes del rol (o roles) que tenemos en la relación al preguntarnos:"¿qué estoy aportando yo a esta dinámica?" No desde la culpa, sino desde la responsabilidad personal.

El rol no se abandona sin más, el rol se modifica preguntándose “¿qué necesidad relacional aparecerá si abandono mi rol?”. Para hacer esto solemos necesitar ayuda profesional, pues las necesidades relacionales que no fueron satisfechas en la infancia y las estrategias defensivas usadas para no sentir el dolor, suelen ser procesos no conscientes.  

La persona en rol de Victima, por ejemplo, necesitará aprender que puede pedir ayuda sin necesidad de incapacitarse y sin renunciar a sus recursos. Con una persona en rol de Víctima, una nueva forma de relación o la relación terapéutica tendría que ofrecerle la posibilidad de experimentar algo diferente a lo que se acostumbró desde niño/a, por ejemplo, que pueden estar con ella sin que se tengan que volverse dependientes o una carga.

La persona en rol Salvador necesita aprender que puede necesitar a los demás y dejarse ayudar sin dejar de ser valioso y reconocido. Una nueva forma de relación o el proceso terapéutico, por ejemplo, podría ofrecerle la posibilidad de experimentar que quieran estar con él/ella sin que tenga que cuidar. 

La persona en rol Perseguidor necesita aprender que puede ser vulnerable sin quedar indefenso. La terapia o una nueva forma de relación puede ayudar a esta persona a sentir que puede estar enfadado y aún así la relación se mantendrá. 

La salida, por tanto, no es un cambio de conducta sino una nueva experiencia relacional donde:

Puedo tener necesidades y seguir estando bien. 

Puedo ayudar sin rescatar. 

Puedo poner límites sin atacar. 

Puedo depender sin perderme. 

Puedo ser vulnerable sin quedar indefenso

Donde ambas partes de la relación pueden mantenerse en conexión y sus necesidades pueden coexistir sin que tengan que convertirse en víctimas, salvadores o perseguidores.

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